La camilla era fría. Aprendió que el frío también es un modo de limpiar.
Las luces del quirófano no dejaban sombras. Allí todo se veía.
No estaba solo. Había otros que sostenían sus brazos, que vigilaban su pulso.
A veces permitió que otros cortaran. Porque confió en sus manos.
Cuando todo terminó, se levantó solo. La mesa quedó atrás.